Nació en 1560 en Nyírbátor, Hungría. Su familia célebre y distinguida pertenecía a la aristocracia, su primo era Primer Ministro, y su tío Rey de Polonia, entre varios otros príncipes de Transilvania.
Los Báthory descendían de un poderoso clan de los hunos y comenzaron a ganar relevancia a partir de mediados del siglo XIII. Abandonando sus costumbres tribales, la familia adoptó el nombre de sus estados como apellido (Bátor significa, de hecho, «valiente»). Su poder e influencia iría
A diferencia de la mayoría de mujeres (y hombres) de su tiempo, Erzebeth había recibido una buena educación y su cultura sobrepasaba a la de la mayoría de los hombres de entonces. Era excepcional; su amigo Andrei de Kereshtur, en sus Crónicas, relata:
"Hablaba perfectamente el húngaro, el latín y el alemán, mientras que la mayoría de los nobles húngaros no sabían ni deletrear ni escribir (...) hasta el Príncipe de Transilvania era prácticamente analfabeto".
A los quince años, en 1575, casó con Franz Nádasdy, que entonces contaba veintiséis años de edad. La ceremonia tuvo lugar con gran lujo en el castillo de Vranov nad Toplou.
Como era corriente en la época, a los once años fue prometida al Conde Ferencz Nádasdy de Nádasd y Fogarasföld, que sólo le doblaba la edad. Un año después, la enviaron a vivir en el castillo de los Nádasdy, para que fuera conociendo a su nueva familia. Nunca hizo buenas migas con su dominante suegra, Úrsula, matriarca del clan; al parecer, la joven Báthory hacía valer el rango superior de su apellido con una frecuencia que enojaba a la Nádasdy. A los trece años se quedó embarazada de uno de sus sirvientes. Lo normal: el muchachito fue castrado y arrojado a los perros, y Elizabeth enviada a otro remoto castillo familiar para que pariera. Allí dio a luz en 1574 a la única hija que llevaría su apellido: Anastasia Báthory.
inteligencia sobrepasaba a la de la mayoría. Era excepcional, "hablaba perfectamente el húngaro, el latín y el alemán, mientras que la mayoría de los nobles húngaros no sabían ni deletrear ni escribir [...] hasta el Príncipe de Transilvania era prácticamente analfabeto". Algunos de sus contemporáneos y ciertos investigadores modernos han concluido que debía estar loca, pero si descontamos los asesinatos, cada detalle de su vida nos muestra a una persona muy inteligente e incluso sensible, totalmente al control de sus facultades mentales.
| La Bruja Darvulia ----Representa el control bajo el cual estaba La Condesa---segun sus allegados |
Es a su regreso que Elizabeth comienza a torturar a las muchachas que le sirven con cualquier excusa, ayudada por Thorko y dos brujas de la zona llamadas Darvula (o Darvulia) y Dorottya Szentes, mujer de gran tamaño y poderío físico. Como disciplina corriente, las hacía colgar de los tobillos y les propinaba palizas con un pesado bastón, les colocaba púas en los labios de la boca y de la vulva, las quemaba con antorchas o les hacía salir desnudas a la nieve empapadas de agua, en invierno; o cubiertas de miel, en verano, para que les atacasen los grandes insectos de la zona. Cuando se trataba de disciplinar a un varón, en cambio, delegaba la labor en el leal Thorko, quien solía solventar la cuestión sacando la piel del desdichado a tiras con un látigo de puntas de hueso. Quien durante el castigo manifestara algo distinto de la más absoluta sumisión y aceptación del mismo, fuera hombre o mujer, podía irse preparando para discutirlo con unos inquietantes alicates de plata que la condesa había encargado a un orfebre local, manejados personalmente por ella. Debe observarse que torturar a los siervos por sus errores era una práctica habitual en la época, algo que se daba por supuesto: no hay nada de extraño o inusual en estos castigos. Pero Elizabeth comenzó a poner mucho celo en la educación de las muchachas más jóvenes, y sus colaboradores también. A una chica que hablaba mucho, hizo que le cosieran la boca. Otra que hizo un comentario comparativo entre sus pechos y los de Elizabeth, creyendo que ésta no se enteraría, se vio colgada por los mismos durante una semana; tras descolgarla, hubo que amputárselos. Una camarera que tenía fama de excesivamente coqueta y disoluta fue obligada a sentarse en una parrilla al rojo vivo. A su suegra Úrsula esto no le parecía ni bien ni mal, más sólo por hacerle la puñeta a Elizabeth, protegía a algunas de las chicas por el procedimiento de castigarlas ella, con extremo rigor -no era raro pasar la noche en el cepo con cincuenta bastonazos en el cuerpo- pero sin el sadismo que iba caracterizando a la joven condesa.
Entre 1604 y 1610, los agentes de Elizabeth se dedicaron a proveerla de jóvenes para sus rituales sangrientos. En un intento de mantener las apariencias, convenció al pastor protestante local para que sus víctimas tuviesen entierros cristianos respetables. Cuando la cifra comenzó a subir, éste comenzó a manifestar sus dudas: morían demasiadas chicas por "causas misteriosas y desconocidas". Así es que ella le amenazó para que mantuviese la boca cerrada y comenzó a enterrar en secreto los cuerpos desangrados. Le ayudaba en su tarea un hombretón un poco retrasado, llamado Ficzko, que compensaba con corpulencia y fuerza física las luces que le faltaban, y otra joven llamada Helena Jo, quien protegía su vida ayudando a quitar la de las demás.
Por la misma época, su hermano Stephen XII Báthory dio apoyo a un noble de Transilvania que se había sublevado contra el Emperador de los Habsburgo, que también controlaba Hungría. Poco después Gabor Báthory, cruel, alcohólico y playboy, se convirtió en Príncipe de Transilvania, con el apoyo económico de la riquísima Elizabeth. Esto la ponía en peligro directo de ser acusada de traición por el Rey. Viuda como era, se vio más vulnerable y aislada que nunca. Fue por aquél entonces cuando tomó la costumbre de quemar los genitales a algunas sirvientas con velas, carbones y hierros por pura diversión, o quizá para liberar ansiedad. También generalizó su práctica de beber la sangre directamente mediante brutales mordiscos en las mejillas, los hombros o los pechos. Para estas cuestiones privadas se apoyaba en la fuerza física de Dorottya Szentes, que aunque ya mayor, seguía siendo muy capaz de inmovilizar a cualquier joven en la posición requerida.
En 1609 Elizabeth, quizás debido a todo este stress, cometió el error definitivo que acabaría con ella: utilizando sus contactos, empezó a aceptar niñas y adolescentes de buena familia para educarlas en los usos cortesanos. Como no podía ser menos, algunas de ellas comenzaron a morirse pronto por las mismas "causas misteriosas y desconocidas". Esto no era raro en la Edad Media, con sus elevadísimas tasas de mortalidad infantil y juvenil, pero en el "internado" de Čachtice el número de fallecimientos era demasiado alto. Ahora las víctimas eran hijas de la aristocracia menor, por lo que comenzaron los rumores. La vieja bruja Darvulia le habría prevenido que nunca tomara nobles, pero esta anciana había fallecido algún tiempo atrás. Fue su amiga Erszi Majorova, viuda de un rico granjero que vivía en la cercana localidad de Milova, quien convenció a la condesa de que no pasaría nada.
Es que por aquél entonces, era ya vox populi en la comarca que algo muy siniestro ocurría a las muchachas que "entraban a servir" en el castillo de Csejte. Hacia el final, ocultaron muchos cuerpos en lugares peligrosamente insensatos, como campos cercanos, silos de grano, el río que corría bajo el castillo, incluso el jardín de verduras de la cocina... Es probable que en medio de su orgía de poder y sangre, Elizabeth y sus acólitos perdiesen el sentido de la realidad; pese a la brutalidad de los tiempos, ya no vivían en la época de su antecesor Vlad III Draculae El Empalador, y además ahora se implicaba a hijas de la nobleza.
"...una joven de doce años llamada Pola logró escapar del castillo de algún modo y buscó ayuda en una villa cercana. Pero sus ayudantes se enteraron de dónde estaba gracias a los alguaciles, y tomándola por sorpresa en el ayuntamiento, se la llevaron de vuelta al Castillo de Čachtice por la fuerza, escondida en un carro de harina. Vestida sólo con una larga túnica blanca, la condesa Elizabeth le dio la bienvenida de vuelta al hogar con amabilidad, pero llamaradas de furia salían de sus ojos. Con la ayuda de Ficzko y Helena Jo, arrancó las ropas de la doceañera y la metieron en una especie de jaula. Esta particular jaula estaba construida como una esfera, demasiado estrecha para sentarse y demasiado baja para estar de pie. Por su [cara] interior, estaba forrada de cuchillas del tamaño de un dedo pulgar. Una vez la muchacha estuvo en el interior, levantaron bruscamente la jaula con la ayuda de una polea. Pola intentó evitar cortarse con las cuchillas, pero Ficzko manipulaba las cuerdas de tal modo que la jaula se balancease de lado a lado, mientras que desde abajo Helena Jo la punzaba con un largo pincho para que se retorciera de dolor. [...] [El tormento] terminó al día siguiente, cuando las carnes de Pola estuvieron despedazadas por el suelo".
Pero ahora la fugitiva era una de las jóvenes aristócratas a las que Elizabeth educaba, así que le hicieron caso. A través del obispado, la denuncia llegó a la Casa Real. El Rey Mátyás de Hungría -que desde hacía algún tiempo le buscaba las vueltas a la condesa con el tema de la traición y también tenía el ojo puesto en sus extensos dominios- ordenó a un primo de Elizabeth enemistado con ella, el conde György Thurzo, que tomara el lugar con sus soldados y realizara una investigación. Dado que la Señora de Báthory carecía de fuerza militar propia, no habría resistencia.
Todos los seguidores de Elizabeth, excepto las brujas, fueron decapitados y sus cadáveres quemados; este fue el destino de Ficzko, por ejemplo. A Dorottya y Helena Jo les arrancaron los dedos con tenazas al rojo vivo "por haberlos empapado en sangre de cristianos" y las quemaron vivas. Erszi Majorova también fue ejecutada. Katarina Beneczky, que con catorce años era la más joven de las ayudantes de Elizabeth, salvó la vida por petición expresa de una superviviente: se le condenó a recibir cien latigazos en privado, y el destierro. La consecuencia fue una acusada cojera que le duraría toda la vida, aunque salvó el cuello.
Pero la Ley impedía que Elizabeth, una noble, fuese procesada. Así es que la pusieron bajo arresto domiciliario... a la manera de la época. Tras introducirla en su mazmorra, los albañiles sellaron puertas y ventanas, dejando tan solo un pequeño orificio para pasar la comida. Finalmente el Rey Mátyás II pidió su cabeza por las jóvenes aristócratas que habían muerto a sus manos, pero su primo el Primer Ministro le convenció para que retrasara el cumplimiento de la sentencia de por vida. O sea, cadena perpetua en confinamiento solitario para Elizabeth. Esta pena implicaba también la confiscación de todas sus propiedades, cosa que, como ya dijimos, Mátyás venía buscando desde tiempo atrás.
El 31 de julio de 1614 Elizabeth, de 54 años, dictó testamento y últimas voluntades a dos sacerdotes de la catedral del arzobispado de Esztergom. Ordenó que lo que quedaba de las posesiones familiares fuese dividido entre sus hijos. Mientras duró su encierro, los carceleros la espiaban por el agujero, dado que a su edad aún era una de las mujeres más hermosas de Hungría; ¡efectivamente, había conseguido lo que se proponía!
El 21 de agosto de 1614, uno de los carceleros fue a echar un vistazo y la vio caida en el suelo, boca abajo. La Condesa Elizabeth Bathory estaba muerta. Pretendieron enterrarla en la iglesia de Čachtice, pero los habitantes locales decidieron que era una aberración que la "Señora Infame" se quedara en su pueblo, ¡y encima en tierra sagrada! Finalmente, y como era "uno de los últimos descendientes de la línea Ecsed de la familia Batory" la llevaron a enterrar al pueblo de Ecsed, en el noreste de Hungría, el lugar de procedencia de la poderosa familia. Todos sus documentos fueron sellados durante más de un siglo, y se prohibió hablar de ella en todo el país.
Dos años después, las hijas y el hijo de Isabel fueron finalmente acusados de traición por el apoyo de su madre a la guerra contra los alemanes; Anna Báthory, una prima de la condesa, llegó a sufrir tortura por este motivo en 1618, cuando contaba 24 años, pero sobrevivió. Finalmente la mayor parte de la familia Báthory-Nádasny huyó a Polonia; algunos retornaron después de 1640. Un nieto sería ejecutado en 1671 por oponerse al Emperador Alemán.
Con el paso de los siglos, Elizabeth Bathory se ha convertido en un mito fascinante y terrible, perfectamente actual, en unas sociedades donde la cultura de la imagen, el dinero y el poder parecen predominar sobre cualquier otro valor. ¿O acaso alguien duda de que una Elizabeth Bathory sería posible en nuestros días?
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